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La Historia de la Navidad

Jesús Vino al Mundo por Amor a la Humanidad

Hace unos 2005 años fue concebido un hombre extraordinario: «El ángel le dijo: “María, no tengas miedo, pues tú gozas del favor de Dios. Ahora vas a quedar encinta: tendrás un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será un gran hombre, al que llamarán Hijo del Dios altísimo, y Dios el Señor lo hará Rey, como a su antepasado David, para que reine por siempre sobre el pueblo de Jacob. Su reinado no tendrá fin”. María preguntó al ángel: “¿Cómo podrá suceder esto, si no vivo con ningún hombre?” El ángel le contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Dios altísimo se posará sobre ti. Por eso, el niño que va a nacer será llamado Santo e Hijo de Dios» (Lc 1:30-35).

Jesús tiene por padres terrenales a José y María. José es un hombre de vida recta: «... José, el marido de María, y ella fue madre de Jesús, al que llamamos el Mesías” (Mt 1:16), “José, su marido, que era un hombre justo...» (Mt 1:19).

María es una mujer de fe: «... ¡Dios te ha bendecido más que a todas las mujeres, y ha bendecido a tu hijo!» (Lc 1:42). «¡Dichosa tú por haber creído que han de cumplirse las cosas que el Señor te ha dicho!» (Lc 1:45).

Jesús desciende del rey David, pero viene al mundo en una familia pobre, nace en un corral de animales y tiene por cuna un pesebre: «... José salió del pueblo de Nazaret, de la región de Galilea, y se fue a Belén, en Judea, donde había nacido el rey David, porque José era descendiente de David. Fue allá a inscribirse, junto con María, su esposa, que se encontraba encinta. Y sucedió que mientras estaban en Belén, le llegó a María el tiempo de dar a luz. Y allí nació su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo acostó en el establo, porque no había alojamiento para ellos en el mesón» (Lc 2:4-7).

Así se cumple la Palabra dada al profeta Isaías: «Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había dicho por medio del profeta: “La virgen quedará encinta y tendrá un hijo, al que pondrán por nombre Emanuel” (que significa: “Dios con nosotros”)» (Mt 1:22-23). ¡Qué extraordinario es esto: Dios se nos ha acercado, para darnos la Redención!

Los primeros en recibir la noticia son unos humildes pastores en plena faena nocturna: «Cerca de Belén había unos pastores que pasaban la noche en el campo cuidando sus ovejas. De pronto se les apareció un ángel del Señor, y la gloria del Señor brilló alrededor de ellos; y tuvieron mucho miedo. Pero el ángel les dijo: “No tengan miedo, porque les traigo una buena noticia, que será motivo de gran alegría para todos: Hoy les ha nacido en el pueblo de David un salvador, que es el Mesías, el Señor”» (Lc 2:8-11).

Hoy podemos cantar junto con los ángeles del cielo: «... muchos otros ángeles del cielo, que alababan a Dios y decían: “¡Gloria a Dios en las alturas! ¡Paz en la tierra entre los hombres que gozan de su favor!”» (Lc 2:13-14).

María es una madre responsable y atiende al niño Jesús, en todos los aspectos, según las normas judías de aquel tiempo, de una manera integral. Al circuncidarlo es cuando le ponen su nombre, Jesús, el cual significa “Salvador”. José, como todo padre judío, es quien instruye al niño en la oración y en los preceptos de la Ley: «A los ocho días circuncidaron al niño, y le pusieron por nombre Jesús, el mismo nombre que el ángel le había dicho a María antes que ella estuviera encinta. Cuando se cumplieron los días en que ellos debían purificarse según la ley de Moisés, llevaron al niño a Jerusalén para presentárselo al Señor. Lo hicieron así porque en la ley del Señor está escrito: “Todo primer hijo varón será consagrado al Señor”» (Lc 2:21-23).

Los estudiosos de la Palabra del pueblo de Dios no se aperciben de estos acontecimientos, mas son los paganos quienes reconocen la señal de los tiempos: «Jesús nació en Belén, un pueblo de la región de Judea, en el tiempo en que Herodes era rey del país. Llegaron por entonces a Jerusalén unos sabios del Oriente que se dedicaban al estudio de las estrellas, y preguntaron: “¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos salir su estrella y hemos venido a adorarlo”» (Mt 2:1-2).

José, aunque poco aparece en la historia bíblica, es cabeza del hogar, y es quien toma decisiones, y es a él a quien se le aparece el ángel, para instarlo a salir a Egipto: «... un ángel del Señor se le apareció en sueños a José, y le dijo: “Levántate, toma al niño y a su madre, y huye a Egipto. Quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.” José se levantó, tomó al niño y a su madre, y salió con ellos de noche camino de Egipto, donde estuvieron hasta que murió Herodes. Esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había dicho por medio del profeta: “De Egipto llamé a mi Hijo”» (Mt 2:13-15).

Herodes, al sentirse burlado por los sabios venidos del oriente realiza la matanza que recordamos el “día de los inocentes”: «Al darse cuenta Herodes de que aquellos sabios lo habían engañado, se llenó de ira y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo que vivían en Belén y sus alrededores, de acuerdo con el tiempo que le habían dicho los sabios. Así se cumplió lo escrito por el profeta Jeremías: “Se oyó una voz en Ramá, llantos y grandes lamentos. Era Raquel, que lloraba por sus hijos y no quería ser consolada porque ya estaban muertos”» (Mt 2:16-18). Se estima que los niños asesinados en aquel acontecimiento no debieron pasar de algunas decenas. Hoy, cada día, mueren muchos niños inocentes que son abortados, y otros son asesinados en tantos hechos de violencia y guerra que se desencadenan an cualquier lugar de nuestro planeta, y continúa el llanto de Raquel.

Al tiempo, José es llamado para regresar a Nazaret: «Pero después que murió Herodes, un ángel del Señor se le apareció en sueños a José, en Egipto, y le dijo: “Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y regresa a Israel, porque ya han muerto los que querían matar al niño.” Entonces José se levantó y llevó al niño y a su madre a Israel» (Mt 2:19-21).

Al alcanzar la edad escolar, quizás a los siete años, Jesús es enviado a la escuela de la sinagoga de Nazaret, donde aprende a leer y a escribir, por eso es capaz de leer las Escrituras: «Jesús fue a Nazaret, el pueblo donde se había criado. El sábado entró en la sinagoga, como era su costumbre, y se puso de pie para leer las Escrituras» (Lc 4:16).

Bajo la tutela de sus padres, Jesús madura, y a los doce años, es llevado al templo de Jerusalén, pues a esa edad, los adolescentes judíos entran a ser “hijos de la Ley”, y desde entonces, están obligados a cumplir los preceptos legales de fiestas, ayunos, etc.: «Y así, cuando Jesús cumplió doce años, fueron allá todos ellos, como era costumbre en esa fiesta» (Lc 2:42).

A los doce años, Jesús demuestra un extraordinario conocimiento de la Palabra: «... lo encontraron en el templo, sentado entre los maestros de la ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que lo oían se admiraban de su inteligencia y de sus respuestas» (Lc 2:46-47).

Desde muy joven, lo importante para Jesús es el ministerio al cual es llamado: «Jesús les contestó: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que tengo que estar en la casa de mi Padre?”» (Lc 2:49).

Durante su niñez, adolescencia y juventud Jesús crece en cuerpo, alma y espíritu, y desarrolla una personalidad extraordinaria: «Y el niño crecía y se hacía más fuerte, estaba lleno de sabiduría y gozaba del favor de Dios» (Lc 2:40). «Y Jesús seguía creciendo en sabiduría y estatura, y gozaba del favor de Dios y de los hombres» (Lc 2:52).

Al paso de los años, llega el tiempo en que Jesús debe salir en su ministerio para el cual se venía preparando por muchos años, y se dispone a recibir el bautismo de manos de Juan el Bautista y ser lleno por el Espíritu Santo: «Sucedió que cuando Juan los estaba bautizando a todos, también Jesús fue bautizado; y mientras oraba, el cielo se abrió y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma visible, como una paloma, y se oyó una voz del cielo, que decía: “Tú eres mi Hijo amado, a quien he elegido”» (Lc 3:21-22).

Jesús debe mostrar integridad ante las tentaciones del mundo: «Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del río Jordán, y el Espíritu lo llevó al desierto. Allí estuvo cuarenta días, y el diablo lo puso a prueba. No comió nada durante esos días, así que después sintió hambre» (Lc 4:1-2).

Ante las pruebas responde que la voluntad de Dios está por encima de las necesidades materiales: «Pero Jesús le contestó: -La Escritura dice: “No solo de pan vivirá el hombre, sino también de toda palabra que salga de los labios de Dios”» (Mt 4:4).

Ante la posibilidad de perder la visión del propósito al cual fue llamado responde que Dios está por encima de todo lo demás: «Jesús le contestó: —Vete, Satanás, porque la Escritura dice: “Adora al Señor tu Dios, y sírvele solo a él”» (Mt 4:10).

Ante la posibilidad de caer en el orgullo le recuerda que Satanás no tiene ningún poder para engañarlo a Él: «Jesús le contestó: —También dice la Escritura: “No pongas a prueba al Señor tu Dios”» (Lc 4:10).

Juan el Bautista reconoce que Jesús es el Hijo de Dios: «Juan también declaró: “He visto al Espíritu Santo bajar del cielo como una paloma, y reposar sobre él. Yo todavía no sabía quién era; pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: ‘Aquel sobre quien veas que el Espíritu baja y reposa, es el que bautiza con Espíritu Santo.’ Yo ya lo he visto, y soy testigo de que es el Hijo de Dios”» (Jn 1:32-34).

Jesús valora la experiencia y el trabajo de su padre y aprende la profesión de “carpintero”: «¿No es este el hijo del carpintero...?» (Mt 13:55) y «¿No es este el carpintero...?» (Mr 6:3).

A los que tenemos fe como Natanael (Jn 1:45-51) nos dice: «Les aseguro que ustedes verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre» (Jn 1:51).

Jesús está consciente de su llamado y de su tiempo, pero se sujeta siempre a la autoridad de sus padres, tanto en su niñez y juventud: «Entonces volvió con ellos a Nazaret, donde vivió obedeciéndolos en todo. Su madre guardaba todo esto en su corazón» (Mt 2:51); como en su edad adulta: «Jesús le contestó: “Mujer, ¿por qué me dices esto? Mi hora no ha llegado todavía”. Ella dijo a los que estaban sirviendo: “Hagan todo lo que él les diga”... Jesús dijo a los sirvientes: “Llenen de agua estas tinajas”» (Jn 2:4-5,7).

Así como en las bodas de Caná el agua es convertido en el mejor vino (Jn 2:1-12), Jesús transforma lo peor y más despreciable de la sociedad humana en la excelencia. Entre sus apóstoles elige a gente rústica y bruta, analfabeta, de mal carácter, tercos, simple obreros, y en su discipulado los lleva consigo en su deambular por toda Palestina, enseñándoles la Palabra y revelándoles al Padre, dándoles el testimonio de su vida y edificándoles su carácter.

Al inicio de su ministerio comienza a enfrentar la corrupción reinante alrededor de las cosas de Dios: «Como ya se acercaba la fiesta de la Pascua de los judíos, Jesús fue a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de novillos, ovejas y palomas, y a los que estaban sentados en los puestos donde se le cambiaba el dinero a la gente. Al verlo, Jesús tomó unas cuerdas, se hizo un látigo y los echó a todos del templo, junto con sus ovejas y sus novillos. A los que cambiaban dinero les arrojó las monedas al suelo y les volcó las mesas. A los vendedores de palomas les dijo: “¡Saquen esto de aquí! ¡No hagan un mercado de la casa de mi Padre!” Entonces sus discípulos se acordaron de la Escritura que dice: “Me consumirá el celo por tu casa”» (Jn 2:13-17). «Y se puso a enseñar, diciendo: “En las Escrituras dice: ‘Mi casa será declarada casa de oración para todas las naciones’, pero ustedes han hecho de ella una cueva de ladrones”» (Mr 11:17).

Jesús anticipa desde ya todo lo por venir. Desde los comienzos de su ministerio esboza el Plan de Dios: «Jesús les contestó: “Destruyan este templo, y en tres días volveré a levantarlo”» (Jn 2:19). Jesús es asesinado, pero al tercer día resucita. La obra principal de toda la Creación es aparentemente destruida, pero al Tercer Día, en el tercer milenio, resucitará, y así, la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, será levantada en la muy próxima segunda venida de nuestro Señor Jesucristo.

A través de Nicodemo nos enseña una de las condiciones para entrar en el Reino de Dios: «Jesús le dijo: “Te aseguro que el que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios”» (Jn 3:3). Nos recalca la necesidad del bautismo y de nacer por el Espíritu: «Te aseguro que el que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios» (Jn 3:5).

Nos enseña la diferencia entre lo mundano (carnal) y lo espiritual: «Lo que nace de padres humanos, es humano; lo que nace del Espíritu, es espíritu» (Jn 3:6).

También nos enseña que nos debemos dejar llevar por el mover de Dios: «El viento sopla por donde quiere, y aunque oyes su ruido, no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así son también todos los que nacen del Espíritu» (Jn 3:8).

Nos revela una verdad fundamental para la salvación, es decir, la fe: «para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Pues Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él» (Jn 3:15-17).

Y los resultados de vivir en la salvación: «Pero los que viven de acuerdo con la verdad, se acercan a la luz para que se vea que todo lo hacen de acuerdo con la voluntad de Dios» (Jn 3:21).

También nos recuerda la naturaleza de la condenación o muerte espiritual , que es vivir fuera de la presencia de Dios: «El que cree en el Hijo de Dios, no está condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado por no creer en el Hijo único de Dios. Los que no creen, ya han sido condenados, pues, como hacían cosas malas, cuando la luz vino al mundo prefirieron la oscuridad a la luz. Todos los que hacen lo malo odian la luz, y no se acercan a ella para que no se descubra lo que están haciendo» (Jn 3:18-20).

 

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Creada: 22/11/05 - Actualizada: 14/08/07